6/12/07

Leyendo a Marcel Proust


No hubiese tenido que coger este libro, uno de sus ocho, ni abrir ninguna pagina, Laika, esto por seguro, pero la curiosidad sádica de volver a probar su escritura y la de volver a entrar, como se entra en un espejo mágico, estos espejos mágicos que hay siempre en los cuentos de hadas, espejos maléficos, abridores de puertas dando a profundidades misteriosas y temidas pero que la heroína tiene que abrir, mirar en el espejo que quizas estaba situado en un recodo de la habitación donde su vieja abuela se moría de una de estas largas y temibles enfermedades que corrían en aquellos tiempos, como corren y saltan los monos enanos en las junglas amazónicas sin darse cuenta que al saltar de rama en rama dejan caer frutas o trozos de ramas que pueden ir a parar sobre la cabeza del andante aventurero que pasaba justamente por ahí, y que hacían de su vida junto a la anciana moribunda largas y tristes vacaciones de un verano sin fin, sin comienzo, para entrar en la profundidad de ella misma, profundidad parecida a la de un pozo como los que, durante mi infancia que pasé muchos veranos en casa de mi abuelita, habitaban en los jardines secos y tristes de sus vecinas, casa la Pepita, o ¨ vieja Pepita regañadientes ¨ como la llamaba mi abuela, pozos que al verlos, siempre me recordaban la muerte de alguno que otro niño (siempre hay historias de niños tirados en los pozos) y que me producían mucha tristeza. Más tarde el simbolismo del pozo se aligeró al ver las películas de Akira Kurosawa, en un momento de mi vida dónde el arte nipones me ayudó a salvarme de una depresión durante un largo invierno canadiense yo sola en un piso en una ciudad verde y solitaria, pero Laika eran pozos dónde los niños veían en ellos estrellas palpitantes y de plata, veían en la profundidad de sus aguas un firmamento abierto y azul, amorosamente humano, que les iluminaba los ojos en forma de media luna, y ellos reían al verse en las aguas tenebrosas de aquellos pozos dónde un niño se había tirado, incapaz de ver el firmamento estrellado. Y es efectivamente entrar en algo inseguro como es el tiempo que produce en mí leerlo estirada sobre la cama, o en el jardín mientras tú juegas con tus amigos los perros y el sol resbala de lado sobre las hierbas aún húmedas del amanecer cuando la ciudad aún no lleva en sí su fuerza devastadora, un tiempo fuera del tiempo, y nace en mí como una sensación de agobio total, por su grandeza y su infinita visión de algo que no se puede medir, el tiempo, su concepción más bien vertical que horizontal, (lo que me recuerda esta visión que tienen los budistas del camino que hace el alma en sus a-temporales viajes), y es tan fuerte este agobio que muchas veces dejo el libro de lado y me digo ¨ basta ¨ pero poco rato después vuelvo a cogerlo como si fuese una caja de algún tesoro escondido por algún pirata y la voz de mi abuela me dice que pare de leer y que de ¨ tanto leer tonta te volverás ¨, pero yo sigo y me hago la tonta, el jardín brilla bajo la luz de un sol que es como una gruesa mano de titán, potente su luminosidad sobre una palmera que hay en medio del jardín desmoronado de la casa de mi abuela pero que ella adora porqué le da un poco de sombra por las tardes dónde este sol, que es fuerte y que debe ser, para la niña que soy en aquellas tardes amarillas, de una deidad terrorífica y destructora, lo seca todo, los rosales que ella ha plantado con tanto cariño, sus plantas aromáticas, sus tomateras, y sigo leyendo haciéndome la tonta o la sorda un libro de aventuras de unos niños que viven la Primera Guerra Mundial (en Francia, en algún pueblo de la Meurthe et Moselle) como un juego vital que hará de ellos unos adolescentes intrépidos y valientes, más tarde, y que está haciendo de mí una adicta de lo que es el leer, este viaje en la interioridad de mi misma, una puerta que abre sobre mi firmamento interior, que debe ser azul como el fondo del mar y habitado por mundos extraños, seres más incongruentes aún que lo que puede imaginar mi dormir con sus sueños, libro que ahora es el abrir de Proust en mí, de su visión extraordinaria de la vida, de su fe en el sentir y el vivir, Laika, ¿me entiendes? y no paro de marearme al leerlo como si mi mente, pero más aún, mi inteligencia y hasta diría yo mi espíritu hubiese encontrado una entrada secreta en una espiral, se hubiese introducido en ella, de ahí este mareo y este agobio y estas ganas de tirar el libro por el suelo, pisotearlo, destruirlo, o tirarlo por la ventana y que caiga sobre la cabeza de algún transeúnte distraído que al recogerlo mirase el titulo de la cobertura y se preguntase quien es este autor, Proust, y abriese la primera pagina por curiosidad, simplemente por pura curiosidad ya que después de todo este libro le ha llegado del cielo, como fruto divino, y no puedo ya que estoy en ella, magnifica y bella espiral, muchos la comparan a una gran catedral, críticos de gran nombre hasta pueden definir de que manera estaba creada esta catedral que fue su obra, pero yo prefiero verla como una simple espiral, más cerca de la naturaleza que él amaba tanto porqué en ella había encontrado tantas respuestas, inmensa espiral como es la vida y es mi vida ahora leyendo a Proust.