7/12/07

La sonrisa de los niños


Laika, estos niños... Sólo querían caramelos. Me los imagino, sus manitas buscando y pidiendo, sus sonrisas soleadas, sus ojos brillantes... Con lo rico que son los caramelos, con lo buenos que son los niños...

Míralos jugar y saltar. Que color de pelo tan brillante, como algas oscuras. Y estos ojos dónde la luna se viste de negro y blanco.

Son niños, simplemente niños. Saltan y bailan y les gusta jugar y soñar. Ríen cual pájaros salvajes. Son los niños del tercer mundo. O del cuarto y hasta del quinto mundo.

¿Laika, acaso no te gustaría jugar con ellos? No piden nada más que un poco de atención. Están contentos y son simples. Son niños.

Son las raíces de la tierra, sobre todo ellos, son sus hijos. Su futuro roble. Su descendencia... Y mira como los tratamos. Mira como los matamos. Como los hacemos morir de hambre, de sed... Viven en la miseria más grande y abyecta y soportan las guerras que construimos y programamos. ¿Como es posible que los tratemos de esta manera?

En momentos así, cuando mi mirada vitriólica ve la realidad tal como es la realidad, hago el ejercicio de fijar mi atención en cosas cercanas que calman, gestos cotidianos para transformarlos en una especie de lucha interior contra lo que la barbarie quiere producir en mí, una capacidad insuperable de veneno. Ya que este es el objetivo de la barbarie. Y no quiero, no quiero...

Entonces, para mí, es un gran reto seguir viendo la belleza en las pequeñas acciones. Y además con conciencia y con una presencia que haga de mí una persona libre, alegre y buena.

Si, Laika, es un gran reto y es muy difícil.

Ven, ven Laika. Hoy prepararé un té como lo preparaban mis amigos los senegaleses. Prepararé el té para calmarme y sentirme bien. Para dejar de lado la mente y transformarme en solamente gesto. En gesto calmante y gesto presente.

Esta tetera que ves es de azul de mar y es lo único que cuenta en este momento. Es una buena tetera maciza, de cobre su materia, resistente. Es una tetera que quiero mucho porqué me recuerda un momento importante de mi vida, un invierno en Africa dónde aprendí a ser una persona responsable. Si, fui muy feliz y en parte por la constante presencia de los niños que siempre, siempre venían a mirar como una blanca preparaba el té. ¡Y como sonreían los niños! Sin malicia y con cariño y ternura, ya que preparar el té no es tarea fácil y se necesita mucha, mucha paciencia. Ellos miraban y sonreían. Y el té se hacia gracias a ellos que acompañaban mis gestos con palabras dulces y buenas, con una presencia suave, uno alimentando el fuego, otro aconsejando sobre la cantidad de té o de azúcar que se tenia que poner, y como había que verter el agua y luego empezar todo el proceso de nuevo...

Y sonreían, si... Laika, nunca he visto sonrisas como aquellas. Eran tristes y alegres a la vez, estaban llenas de compasión, de entendimiento. No pedían nada, solamente otra sonrisa.

Y así aprendí a hacer el té, sonriendo. A veces una mano oscura y suave rozaba mis dedos torpes como para calmarme y guiarme. Mi corazón latía fuerte y me sentía feliz, feliz. Y siempre había té para todos, adultos y niños. Y el té era bueno, buenisimo. Era un té lleno de comprensión y de alegría. Y durante todo el rato yo había olvidado quien era, de donde venia, había olvidado el color de mi piel, mi cultura, mi vida. Había hecho un té, con una tetera de color azul, con una tetera maciza y fuerte como el lazo que me unía a ellos, aquellos niños que eran niños y sonreían.

¿No hueles, Laika? ¡Que bueno está este té! Y lo vamos a tomar recordando un momento mágico en mi vida y lo tomaremos en honor a estos niños que han muerto por ser niños y querer caramelos en un mundo que odia a los niños. Y tú y yo después saldremos como nuevas, desalteradas y fuertes para afrontar un nuevo día.